La hiper-Ruta del río Bailón de ZuherosPanorámica en el primer tramo de la hiper-rutaEl grupo de super-activos en la primera chorrera del río BailónSúper-activos a las puertas de la Cueva de los Murciélagos
 

Hiper-ruta del río Bailón (15,5 Km)

Hiper-aventuras por la Subbética: Zuheros y Almedinilla

Tres en la chorrera
Hola, soy Víctorix, tengo siete años y soy un niño “súper-activo”, por si hay alguno todavía que no lo sepa. Bueno, en realidad es así como me dice mi padre, porque cree que me parezco a uno de esos guerreros galos del cómic que machacan a los romanos, y piensa que yo también debí caer en la marmita de poción mágica de pequeño, de tanta energía que tengo.
A mí no me parece mal que me llame así, parece un nombre de superhéroe, además ya me estoy acostumbrando, pues hasta Papá Noël y Los Reyes Magos me conocen por ese nombre y me han puesto así en sus regalos. Al final se me quedará la etiqueta. Aunque yo sé quién soy; yo soy yo y nada más. Me da igual que me digan Pepito o Jaimito, o que soy súper-activo o requete-activo. Y no es que quiera seguir siempre igual, que no quiera cambiar, no. Tengo muchísimo que aprender y que mejorar. Lo que no me pueden decir es eso de “chiquillo que siempre estás igual”; no, de eso nada, porque me paso todo el santo día mejorando.
Esta semana pasada no he tenido casi ningún problema en el cole, ya tuve bastante con la semana anterior. Lo siento, no puedo contaros lo que pasó, de gordo que fue. Así que por mi buen comportamiento de la semana mis padres me premiaron por fin con el viaje de senderismo con los niños súper-activos; menos mal, os prometo que llevaba rezando toda la semana para no meter la pata.
Mañana es el día de los padres -19 de marzo-, así es que he pensado hacerle un regalo al mío. Voy a escribir la historia de este fin de semana pasado, porque estoy seguro de que le gustará un montón que le cuente con mis propias palabras cómo he vivido yo este viaje tan bonito, y también, de paso, que sirva de regalo para todos los papás de niños súper-activos del mundo, especialmente para los padres que han pasado con nosotros estas aventuras. Empiezo:


El plan

La idea general era buscar un lugar en la provincia lo más apropiado posible donde alojar a todos los súper-activos de Córdoba, en previsión de que algún día fueran expulsados de la ciudad, -como los judíos, pongamos por caso-. Debería ser un sitio bonito pero a la vez inexpugnable, para poder resistir bien, y no tener que andar siempre de aquí para allá.
¡El plan era una pasada! Había un montón de cosas que hacer durante todo el fin de semana; por lo menos no nos íbamos a aburrir –parecía uno de esos programas que organiza mi padre en vacaciones para cargarse a mi abuela-. Luego me enteré que en realidad el plan era del padre de Súper-Chavi, mi amigo, que es mucho más súper-activo que su hijo, aunque no tenga papeles como él.
El sábado empezábamos haciendo una ruta de senderismo, para inspeccionar los alrededores de Zuheros, que duraba todo el día, almorzando por el camino, y al terminar, cenábamos y dormíamos por la noche en el albergue de ese precioso pueblo –si nos dejaban entrar.
Al día siguiente iríamos a la Cueva de los Murciélagos, en las afueras, donde consta se alojaron nuestros primeros ancestros de la Subbética. Y al salir, cogeríamos el autocar para Almedinilla, a ver el museo de Historia, donde aprenderíamos cómo habitaron esta zona los primeros pueblos íberos y romanos de la península ibérica. Después nos comeríamos un arroz, hecho por nuestros propios padres, y volveríamos a hacer otra pequeña ruta por los alrededores de esa aldeíta. Acabaríamos la excursión con una visita guiada a la Villa Romana. Y vuelta a Córdoba a nuestra casa al anochecer del domingo.
El día anterior
El viernes antes del viaje estuve bastante nervioso todo el día. En el colegio tuve que hacerme la tortuga más de una vez, porque cuando me voy a enfadar me meto en mi caparazón, antes de estallar. Al final la seño me puso en la agenda que “Bien”, y corrí escaleras abajo con ella en la mano, con mi pesada mochila en la otra y con una sonrisa gigante en la boca, para que mi padre supiera desde lejos que me había portado fenomenal, que podíamos contar el día y la semana como buenos; con todas sus consecuencias. Así que tenía el futbolín y mis cinco sobres, uno por cada día bueno –aunque algún día sólo fue regular-, y cada sobre además escondido en un sitio distinto del salón, con nivel 2 de dificultad, pero con pistas. ¡Madre mía! ¡Eso sí que es vida!
Por la tarde no me quedó mucho tiempo en casa, pero el rato que estuve, cogía las estampas de fútbol, las soltaba y cogía los muñecos, después las de Invizimals, después me iba al patio a jugar al balón, después entraba otra vez y me tropezaba con los muñecos y las estampas tiradas por el suelo. Menos mal que tenía toda la tarde llena de actividades fuera, porque estaba que no me aguantaba ni yo.
Me vestí de futbolista, cogí mis guantes y nos fuimos a jugar el partido de fútbol de la semana al colegio. A mí me gusta ser el portero de mi equipo. Mi padre dice que para ser portero hay que ser un poco especial, aunque eso no sé si es un cumplido. Fue un partido muy igualado; al final el míster me dejó que saliera un rato de delantero, porque seguramente me vería la cara de que no podía quedarme más tiempo en la portería, es lo malo que tiene; que no corres mucho. Entonces salí y corrí, corrí y corrí con todas mis fuerzas. Corrí seis veces o más de un lado al otro del campo, como CR7, el crack del Madrid, que es mi equipo –el míster gritaba: ¡Échasela, ¡échasela! ¡Te la llevas, te la llevas! ¡Corre, corree!-. Y no me podían parar, aunque no conseguí ningún gol. Pero al final ganamos; gané.
Después fuimos a los talleres de la Asociación, donde nos enseñan a controlarnos para no meter la pata. Es divertido practicar los truquillos. ¡Y está chupao, vamos! Aunque ahora me han puesto con los más nerviosillos y veo que cuando están todos juntos a veces les cuesta, y yo los comprendo, porque a mí me pasa también.
Cuando llegué a casa le conté a mi padre lo del partido, sólo el partido –no le quería entretener explicándole toda la tarde- y me dio un gran abrazo, diciéndome que soy un campeón y lo guapo y lo bueno que soy. Después me puso mamá de cenar, pusimos la tele y me quedé un ratito viendo lo mío, hasta la hora de acostarme. Mi madre se echó un poco conmigo en la cama, -que es el último premio del día- porque me gusta un montonazo acurrucarme con ella un poquito, y me lo ha prometido para los días que me porto bien. Aunque ni siquiera nos tuvo que despertar papá, porque sólo se quedó un momento, pues tenía que preparar muchas cosas para el día siguiente, para el gran día de las súper-aventuras.
El día “D”
El sábado a las siete de la mañana oí el despertador de papá, como todos los días, pero en lugar de esperar a que me llamara desde abajo con el silbido de las Tres Mellizas, como hace todas las mañanas, pegué un bote y salí pitando de mi habitación a su cama. Pero papá ya se estaba vistiendo y abajo mamá seguía preparando cosas, como si no se hubiera acostado en toda la noche.
Después de llenar el coche con el equipaje, marchamos al punto de encuentro en el aparcamiento de la Asomadilla, donde se cerró la brillante carrera de futbolista de mi padre y se abrió la de senderista. Llegamos a la hora exacta, pero no encontramos a nadie, aunque mientras aparcamos empezaron a salir coches por todas partes, junto con un autocar gigante y precioso, que nos llevaría a todos juntos.
Acercamos las cosas y ayudamos a una madre apurada que cargaba también otro montón de cosas y de hijos, y, a pesar de todo, con una sonrisa en la boca. Más tarde supimos que su nombre era Carmilla, o algo así, la madre de Leovigildo, nuestro rey godo, y madre igualmente de Marte y del pequeño Yony.
Saludamos a las familias al llegar al gran autobús y metimos dentro de sus tripas todas las cosas –como en la enorme barriga de la ballena de Pinocho-, menos otro montón que dejamos para subirlas arriba con nosotros por si acaso para el camino.
El viaje
Entramos los primeros también, -aunque no era una competición- y nos sentamos por la parte delantera, pero no en la primera fila ni en la segunda, para dejar ese sitio a los mayores, -como dijo mi padre tratando de arrancarme de allí por las buenas-. Mi madre llegó al final y se plantó a mi lado, la mete-patas, con lo que le hubiera gustado sentarse a charlar con las otras madres. Por lo menos me dejó la ventanilla a mí, así que estaba dispuesto a relajarme un ratito viendo el paisaje, que es como si estuviera en la tele viendo lo mío; con la otra cosa que me quedo tranquilo.
En el viaje no di un ruido, la verdad, no porque lo diga yo, es que no di un ruido y se acabó. Podéis confiar en lo que digo, y el que no se lo crea que se aguante. Lo único es que se me hizo un poquito largo, porque Súper-Nereida y Súper-Matilde, mis amigas más impacientes, no paraban de preguntar cuánto quedaba y a mi padre se le debió quedar parado el reloj, porque siempre quedaba sólo una hora –bueno; una “horeja”, como decía él; sesenta “minutejos”.
Llegamos por fin después de veinte o treinta horas, calculo yo, -que son las veces que preguntamos- al precioso pueblito de Zuheros, un puñado de casitas blancas metidas en la montaña, con su castillo en ruinas y todo –si nos quedábamos habría que reformarlo un poquito-. Paramos y recorrimos andando sus callejuelas hasta llegar al albergue, cruzando hasta nuestra calle por en medio de una casa de paso –el pasillo más curioso del mundo-.
Aquel sitio era precioso y enorme, no estoy seguro, pero creo que en su puerta de entrada ponía en un gran letrero: ALBER-PALACE ZUHERO´S –o algo así.
Entramos y empezaron a poner pegas. Yo creía que nos quedábamos allí. Nos esperaba nuestro equipaje, que no nos dejaron meter en las habitaciones. Ni siquiera pudimos verlas. Y nos dijeron que volviéramos más tarde. Con el pedazo campo de fútbol que había y las canastas de baloncesto y todo eso.
Así que volvimos al autocar, que nos llevó más lejos aún, hasta la Ermita de Cabra, donde empezaba la ruta de exploración y conquista. El punto de salida estaba en lo alto de un monte, que escalamos tranquilamente en nuestro transporte.
Mirando los bonitos paisajes de alrededor descubrimos un águila o un buitre solitario planeando por encima del monte, por encima de nosotros. Creo que sería un buitre, porque abajo había un rebaño de ovejas y no le dio por cazar a ninguna, y eso que había algún corderito. Se tiró dando vueltas y vueltas todo el rato sin mover siquiera las alas -estaría esperando a que se muriera alguna de vieja.
La hiper-ruta
Cuando llegamos arriba, casi donde daban vueltas los buitres, por fin nos bajamos del autobús y empezaron todos a andar por un caminito de tierra muy largo. Salieron primero los niños mayores, sin sus padres, después los padres de los niños medianos, sin sus hijos, y al final los niños medianos y los pequeños con todos los padres, es decir sin orden ninguno –para disfrutar de lo lindo-, y nosotros en la puerta del bus esperando a mi padre, que intentaba acortar las correas de su mochila para ponérmela a mí.
- ¡Vámonos ya! Papá, por favor. –Le dije diez veces.
- Te quieres callar de una vez. Que no es una carrera, espera un poquito. –Me decía, sofocado.
Hasta que cogí a mamá de la mano y tiramos detrás de Súper-Ton, el padre de Súper-Chavi, que, a pesar de ser el guía y el jefe de la expedición, por prudencia no le gustaba ir el primero, sino más bien de los últimos, y acababa de salir ahora mismo.
Por fin caminamos después de mi más enérgica protesta, en la cola del pelotón, como si les estuviéramos dando ventaja. Cuando se nos unió a nosotros mi padre nos volvimos a parar tratando de colgarme la dichosa mochila, pero como no me quedaba en el sitio y me estaba enfadando, ¡jopeta!, y no quería convertirme ahora en tortuga –porque es uno de los bichos más lentos que hay- me echaron el primer discursito del día: Que si esto no es una competición, que si esto no es como empieza, que si recuerdo el cuento de la liebre y la tortuga. ¡Un tostonazo! Entre unas cosas y otras, acabábamos de empezar y ya a todos estaba empezándonos a doler la cabeza. El caso es que a mí lo único que me consolaba era que poco a poco fuéramos recuperando posiciones.
Ahora no recuerdo muy bien el orden de los participantes en la carrera –quiero decir: “ruta”-, porque estaba pendiente de seguir bien el camino, -para algunas cosas tengo memoria de pez-, pero lo que sí recuerdo es que la fila se fue estirando y haciéndose más y más larga. Los de atrás eran auténticos caracoles, porque hasta una tortuga como yo les sacaba un ventajón. Ese camino llano del principio, pelado de árboles y de vegetación, era como el sendero por el que andaban juntos en el Mago de Oz, Dorothy con el descerebrado Espantapájaros, el Hombre de Hojalata sin corazón y el León cobarde. (Y hasta podría decir a quién se parecía cada uno, pero no lo haré porque no me gusta poner etiquetas).
Por ese camino fuimos conociendo a unos y otros, de paseo, como por la calle Cruz Conde. Súper-Lux, mi amiga de la saga Crepúsculo, después de saludar a mi padre en el bus, enseguida, andando, se le colgó de la mano y se puso a contarle su vida de fantasías y de ensueño, la misma historia que le había empezado a contar a mi madre. Porque Súper-Lux es así, le dejas tu dedo meñique y se toma la mano, el brazo y el cuello, y da alegría ver como se encariña con cualquiera y te da un abrazo como si fueras su novio, pero si te burlas de ella, ¡ojo!, se transforma como una vampira, pero no muerde ni nada, y sólo te contagia de ternura.
Su hermano pequeño se llama Playmóbil, o algo así, y también es genial, conversa con todos, te hace caritas y como es tan mono, rápidamente te engatusa para que le prestes el teléfono un rato. Y no es tan fácil convencerlo con el truco de la batería baja o con que no tienes saldo, que tiene respuestas para todo. Sus padres desde hace tiempo que tienen, por si las moscas, una tarifa plana.
Sin prisas y con pausas llegamos al puente del río Bailón –sin duda también un río súper-activo, como tendría tiempo de demostrarnos-. Allí, con el guía-farolillo en la cola, los más listos se pasaron de frenada y por poco no se pierden. Aquel parón nos sirvió para reagrupar al pelotón, hasta que Súper-Ton nos indicó que a partir de allí salimos del buen camino –como pecadores caminantes- y giramos antes de cruzar el bonito puente hacia oriente, siguiendo la margen derecha del río Bailón, que por allí no hace honor a su nombre y se arrastra tan perezosamente que cuesta saber si va hacia un lado o hacia el otro. Por fin nos pusimos en cabeza, sólo detrás de Charly y de Súper-Gachet, los chicos que de verdad se lo tomaban en serio.
Mi madre por entonces disfrutaba ya comunicando sus triunfos y sus derrotas con su hijo más querido, sin tener que gastar batería siquiera. Y mi padre, paseaba meditabundo muy cerca del cauce del lento arroyuelo, rememorando la ruta que había hecho con sus amigos de las Mágicas Veredas Cordobesas apenas unas semanas atrás. Por eso, por fin, liberado de mi custodia, me fui haciendo el sueco detrás de los mayorcitos, a ver si me daban asilo entre ellos, y podía aprender algo interesante de una vez.
Durante un tramo me dejaron en paz, andando ligero, pasando una valla yo solo, saltando los charcos y mojándome un poco: ¡una delicia! Hasta que se fijó por donde iba mi amigo Súper-Chavi, que se estaba muriendo de envidia, de verme desde al lado de su familia saltar y correr a mi antojo. Mi padre, que lo vio acercarse detrás bastante cansado, lo paró y le entregó su propio bastón, como una barita mágica, para que pudiera cogerme. Y poco a poco, con aquel palo mágico, conseguiría alcanzarme.
Desde entonces, no es que no me tomara en serio la ruta, es que tenía que entretenerme un poquito charlando, porque mi amigo es mayor que yo y sabe de todo, como sus padres, y eso lo tenía que aprovechar, porque es de los que dicen cosas interesantes, no hay más que verle su cara de intelectual, con esas gafas azules tan fashion, no sé cómo no pueden gustarle.
- Es que no las necesito, Víctorix. Pero se empeñan. – Me decía.
- ¡Da igual! ¿Quién se va enterar? ¡Cállate! No se lo digas a nadie, que yo no me pienso chivar.
- Bueno, está bien. Gracias. Da igual.
Con esa cara, Súper-Chavi tenía que ser escritor, como yo, o director de cine, pero de cine del bueno: de Dibujos Animados de Disney.
Juntos hicimos casi todo el resto de la ruta. Llegamos hasta unos postes de madera donde se indicaba el camino hacia Zuheros y el camino de las chorreras, que son las cataratas de los arroyos, unos saltos de agua a escala infantil. La parejita de adolescentes quería seguir de frente hasta el pueblo; de nuevo se iban a confundir. Pero aquel sitio ya lo conocía papá, (desde ese punto le llamaremos Verédix), y les dijo que había que tirar hacia la derecha, que era un lugar muy bonito, que les iba a gustar. Y por allí abrimos paso por primera vez, Víctorix y Verédix, marcando el camino y guiando a la tropa, que no tenía mucho que guiar, pues se trataba tan sólo de seguir la marcha pegados al riachuelo Bailón.
A pocos metros, enseguida nos encontramos de frente la catarata, entre los matorrales y la arboleda, como en una película de Tarzán.
Súper-Chavi posó triunfante para el recuerdo junto a nosotros, y se quedó esperando a sus padres, que antes le habían echado la culpa de ir tan lentos, y nosotros nos metimos debajo casi de la chorrera, saltando de piedra en piedra hasta una pequeña isla, para hacernos las fotos más chulas que os podáis imaginar, pero poniéndonos perdidos de agua –por eso le habrán puesto ese nombre tan vulgar a estas cataratas: porque te pones chorreando-. Poco a poco fueron llegando todos, mirando hacia arriba con la boca abierta, como si quisieran beberse el agua de la cascada, mientras nosotros explorábamos los alrededores. Al final se juntaron todos allí, en un pequeño sitio y se mezclaron unos y otros haciéndose fotos. En realidad aquello se convirtió en un concurso de fotografía, pero eso ya no importaba, claro.
Verédix no se fijó casi en la pequeña pradera de césped que había allí mismo para jugar al balón, observando una posible salida para continuar el camino. Todos creían que habíamos llegado al final. Pero mi padre sabía que todavía existía más allá una chorrera mejor. Ellos con su sentido del humor habían llamado a aquella ruta que hicieron la Ruta Imperfecta, porque no pudieron subir al cercano Pico del Lobatejo, un lugar terrible e inaccesible. Pero antes habían escalado por la pared rocosa de la derecha de la primera chorrera, para llegar hasta arriba y seguir camino de la siguiente chorrera, muy próxima. Sin embargo al llegar arriba -demasiado tarde- descubrieron un camino mucho más fácil por el lado izquierdo, y Verédix quiso explorarlo para nosotros, mientras todo el mundo iba desplegándose por aquel agradable lugar a sus anchas, pues se había decidido parar allí para el almuerzo, y ya habría tiempo por la tarde para seguir explorando.
Me puse a jugar al fútbol-tenis con el arroyo de red; ¡una chulería! Parecía el Open de Australia. Pero pronto la fastidió mi madre con la comida. Me sentó en un tronco, donde Verédix, acostumbrado a sus banquetes de Jabalís, tardó un minuto en devorar su ridículo bocata, y allí esperaba que me comiera un taperware de tortilla y salchichas hasta arriba, con los demás niños mientras jugando en el césped: ¡Sí, vamos! Y que ya se lo he dicho mil veces: que no quiero tortilla, que se me hace bola. Y sin plato ni nada, ni viendo lo mío. ¡Que no, vamos, que no! El bocata tortilla está sobrevalorado; ya veremos cuando tenga edad de tomarlo con una cerveza.
Y mi madre me decía bajito primero –para no dar la nota- y después cada vez más alto:
- ¡Pues como no comas no hay balón! Me da igual que no comas.
Pero si le diera igual no me lo diría veinte veces. Al final, comí tres trocitos de salchicha de muestra para cumplir y me dejó que siguiera jugando.
Verédix mientras tanto apareció encima de la cascada, recortando silueta como “El Tío la Vara”, chuleando de explorador, para ver si al grupito le picaba la curiosidad y le seguía hasta la siguiente chorrera, dejando al final en lo alto de guardia, tras algunas consignas, al joven Ton, que se atrevió a seguirlo hasta allí.
Después de un breve y merecido descanso, Súper-Ton consiguió convencer a todos para que siguieran la ruta un poquito más, pero dejando allí las mochilas a Carmilla, la madre sufridora de los tres chiquillos, que no tenía más ganas de exploraciones –vista una catarata, vistas todas-, pues encontró allí un remanso de paz, para ella y para su Yony, que no estaba dispuesta a cambiar por nada del mundo.
Trepamos la cuesta como ágiles cabras, penetrando por un paisaje de cuento entre los árboles y las rocas pintadas de verde clarito, hasta salir de nuevo tan sólo unos metros más arriba, como por arte de magia, al cauce superior del río Bailón, que nos había deleitado ya con su primera gran pieza: un fantástico vals.
Seguimos el curso del río unos metros, y a la vuelta, allí estaba; la segunda cascada. Y como decía mi padre, más grande y más bonita todavía. Si es que dan ganas de pegarse una ducha, ¡vamos! Volvimos a hacernos unas fotos con los amigos y la familia y subimos a todo lo alto a través de otro pequeño bosque encantado, con las mismas rocas pintadas de verde fosforescente, que parecían gominolas gigantes debajo de la espesa arboleda. Y además nos atrevimos a asomarnos desde arriba y a sentarnos en el mismo borde de la catarata, para ver como se despeñaba el arroyo desde lo alto, y contemplar el paisaje y a los demás senderistas del grupo allí abajo, que estarían en vilo pensando que a ver si se va a caer ese chiquillo.
Verédix le dijo a Súper-Ton que podíamos seguir un poco más hasta el nacimiento del río, que al parece queda sólo unos metros más allá, sólo un ratito más, pero era ya un poco tarde y la gente estaba un poco cansada, y Carmilla esperaba seguro impaciente, y se ponía nerviosa cuando asomaba la luna, porque se ponía su Yony a aullar como un lobo. Así es que tomamos aquel punto como el final de la ruta de exploración e inmediatamente emprendimos la segunda parte de nuestra misión: La conquista de Zuheros.
Cuando llegamos de nuevo a la primera chorrera dimos orden de agruparnos todos para saber con qué fuerzas contábamos para ello - acto que se aprovechó para inmortalizar aquel preciso momento con las tecnologías de la época-. Las fuerzas eran dispares, disponíamos de un ejército irregular, unos con las energías intactas y rebosantes y otros con las pilas medio gastadas. No era la mejor manera de emprender una campaña como la que nos esperaba, pero había que conformarse.
Recogimos las mochilas y emprendimos el camino de vuelta por donde habíamos llegado, hasta el cruce donde señalaba un poco más abajo la desviación hacia Zuheros. A partir de aquí Verédix nos condujo a todos como un verdadero líder, como el Gran Capitán de nuestros ejércitos, pues era ya para él terreno conocido, y, desde el primer momento asumió su papel –otra cosa sería a la hora de rendir cuentas.
Sin embargo Verédix no estaba solo, pues pudo contar en todo momento con mi ayuda generosa, andando codo con codo todo el camino, como su más fiel paladín. Además estuvimos escoltados por nuestros más intrépidos guerreros, Charly y Súper-Gachet, hasta la misma entrada del pueblo, funcionando como una verdadera avanzadilla, abriendo paso y protegiendo a toda la tropa, a cuya cabeza marchaba nuestro tándem de reyes godos: Leovigildo y Recaredo, que serían los primeros, llegado el caso, en batallar, como lo hacían los valientes monarcas de la Antigüedad, seguidos de sus esposas las reinas impacientes, Súper-Nereida y Súper-Matilde, que captaron rápidamente que aquello no debía ser un paseíto por la calle Cruz Conde, sino una importantísima misión de conquista.
Con mi madre, Súper-Sol, caminamos un buen tramo, hasta casi la fuente de la Fuenfría, pero llegó un momento en que la tuvimos que dejar cuando se estrechó el camino, pues se puso tan gorda, de lo orgullosa que estaba de andar con sus dos hombres abriendo camino, en una expedición de tal magnitud, que no cabíamos los tres a la vez, así es que se tuvo que quedar un poquito detrás, con la madre y la tita de Súper-Nereida, que trataban de perseguir a las dos primeras damas, para que se dejasen de correr tras sus cónyuges, y tuviesen un comportamiento más recatado, que pronto serían ellas las que mandaran en la cercana Corte de Zuheros.
Nosotros seguimos andando y andando detrás de los otros, tres o cuatro horas más, por lo menos cincuenta kilómetros; pero yo no me canso tan pronto.
Mientras tanto la tropa avanzaba remolonamente. Si hemos de ser sinceros y abundando en el símil, parecía que después de salir de la calle Cruz Conde, y llevar una hora caminando, seguían atravesando Ronda los Tejares, y aún no habían llegado a la fuente de la plaza Colón. Y aunque aún era sábado, la mayoría se merecía el sobrenombre de “dominguero”. En resumen, con honrosas excepciones: mucho sentido social y poco espíritu deportivo o aventurero.
Don Yordi, o algo así, el papá de Súper-Gachet, y una de estas honrosas excepciones, partió desde el corazón de la plebe para tratar de retener el avance imparable de la cruzada, y reagrupar la larguísima procesión –sin duda avisado por su sabia señora doña Hurraca, que presentía que su valiente barón podría estar en peligro-. Para ello llegó a la altura de Verédix gritando a los fugados con desesperación, sin tener en cuenta que así delataba nuestra posición y nuestras debilidades ante cualquier enemigo que escuchara. Mi padre, prudentemente le sugirió que tal vez convenía parar en un punto geoestratégico como la fuente de la Fuenfría, un cruce de caminos equidistante entre las chorreras y el propio pueblo, para reagrupar a la tropa allí, tomar fuerzas y acabar sorprendiendo todos juntos la resistencia de los lugareños, sin darles la oportunidad de resistir nuestro empuje, y sobre todo, evitando en todo momento la necesidad de un largo asedio. Y que él mismo en persona pondría freno a las correrías de su pupilo, por otro lado, encubriendo de esa manera en cierta medida al resto de la tropa las disputas que su noble barón –y compañía- tenía con los propios monarcas, que, amenazaba la estabilidad de la misión y del propio gobierno, como si se tratara de cualquier república bananera. -Ya se sabe, las eternas luchas por el poder de la Corona con la Nobleza.
Costó llegar seis horas a la Fuenfría por el aburrido reloj de nuestras reinas. Nuestros nobles guerreros, incluso avisados de la parada, decidieron dar una batida por si acaso el lugar no resultara seguro para el receso. Y los monarcas se guarecieron en la maleza, mientras tanto, a salvo de una posible emboscada. Los peregrinos fueron llegando con cuentagotas, para irse sumando al batiente de la fuentecita, como si por fin hubieran llegado a la Plaza Colón. Súper-Sol, mi mamá, acalorada, decidió quitarme un poco de ropa, así es que aproveché aquellos preciosos momentos para llenar el abrevadero próximo de piedras, pues no sabía bien si Playmóbil o Súper-Lux lo habían ya conseguido, suponiendo que aquella dura labor tuviera alguna utilidad para los animales sedientos.
Mientras tanto, nuestro Gran Capitán, frente a la fuente, se recostó contra un peñasco, completamente desinflado. Súper-Ton había planificado la toma del castillo de la villa como nuestro primer objetivo. Pero así era imposible. Aunque el reclutamiento del personal no había sido muy exigente, nos aseguraron que habría una mayoría súper-activa. Sin embargo, Verédix, adormilado por el tibio sol de la subbética, viendo llegar medio arrastrándose al resto de las huestes a su cargo, no pudo evitar pensar para sus adentros: ¡vaya tropa!
Tras su buena media hora desde nuestra llegada, retomamos de nuevo la conquista de Zuheros. En cuanto se levantaron las dos primeras personas de la fuente, nuestros monarcas visigodos y sus nobles escoltas -al parecer, rivales- se pusieron en marcha.
Quedaba algo menos de una legua hasta nuestro destino. El camino continuaba cruzando el arroyo Bailón por su margen derecha, por una preciosa veredita entre tupidos matorrales. Por allí penetramos en fila de a uno, abriéndonos paso entre la maleza. Debo decir que en aquellas circunstancias el palo pierde su magia y no sirve para nada -y más convendría plegarlo o echárselo debajo del brazo-, porque a menudo se enreda en el follaje o en nuestras propias piernas, que es lo que le pasó a mi desafortunado amigo Súper-Chavi, que se le juntó mi inseparable compañía, la de las ramas, la de las piedras del sendero y la del inútil bastón, para dar con él en el santo suelo, lo que lo enfureció bastante, azuzado por el pésimo arbitraje de Súper-Nereida, que me quiso sacar injustamente tarjeta roja por agresión, como si a Cristiano Ronaldo, le hubiera hecho la zancadilla a propósito su propio compañero Sergio Ramos. Pero pronto se olvidó aquello, porque ya se sabe que los árbitros también se equivocan, porque perfecto sólo es Dios, y teníamos pendiente una importante misión.
Y andamos y andamos al lado del río, aunque yo ni lo miro, yo sólo miro el camino, y también a ver donde andan los otros, a ver si los pillo.
A poco más de los dos kilómetros de la fuente, un poste de señalización nos indica con una equis “x”, que se acaba por allí el sendero, y eso lo sé porque me lo ha enseñado Verédix. Y a lo mejor no lo sabe todo el mundo, porque para ir por la calle Cruz Conde no hace falta saberlo. Así que no hay que seguir por ese camino, sino que debemos cruzar el charco para seguir por la otra margen del río, para lo cual han echado cantidad de piedras, para que sirvan de puente y no te mojes si no te apetece. Pues aquí nuestros intrépidos jovenzuelos de vanguardia se despistaron y creyeron que la equis quería decir que por allí se multiplicaba el riesgo y la emoción, -y no se equivocaban del todo- por lo que tomaron el camino equivocado, el camino de la perdición. Nuestros mismísimos reyes godos, que esperaban indecisos en el cruce, más jóvenes pero más cautos y más sabios que la Nobleza, nos lo avisaron:
- Esos se han tirado por ahí. Pero creemos que es por aquí. –Acertaron a decir.
- Claro, Sus Majestades. –Respondió el Gran Capitán, como a los Reyes Católicos-. Por allí no se va a ningún sitio y posiblemente tengan que cruzar a nado.
- Pues nos quedamos sin escolta, ahora que estamos llegando; crucemos de una vez. Tomaremos el castillo aunque tengamos que hacerlo en persona. ¡Adelante! -Ordenó nuestra Corona bicéfala con una sola voz.
- Por favor, permitirnos que os acompañemos mi fiel Víctorix y yo mismo -dijo mi valeroso padre-. No podemos arriesgar vuestras vidas. ¡Llamemos a la guardia!
- ¡Súper-Gaacheeet! ¡Chaarlyyyyyy! ¡Regresad! ¡No sigáis por ese camino! ¡Moderacióonn! –Gritamos todos, como debieron decirle, con el mismo éxito a Picasso y también a Van Gogh.
Gritamos y nos oyeron, pero ni respondieron. Por no dar su brazo a torcer, continuaron hasta que se les acabó el camino y no tuvieron más remedio que mojarse. Pero la vanguardia no sería lo que es si no corriera ningún riesgo. Allá salieron, unos metros delante, medio nadando, muy cerca de nosotros, por lo que pronto estuvieron de nuevo los primeros, dispuestos al ataque y a arriesgar incluso sus propias vidas.
Y andamos y andamos al lado del río, aunque yo ni lo miro, yo sólo miro el camino, y también a ver donde andan los otros, a ver si los pillo. (Estribillo).
Tras atravesar la élite de la tropa el rudimentario puente, decidimos de nuevo reagrupar las fuerzas a la salida del cruce, para no enfrentarnos solos a un asalto suicida y para que no se despistara nadie por el camino equivocado. Verédix se plantó allí con su enorme corpachón para ayudar a pasar a todos el arroyuelo, pues sólo había dos piedras resbaladizas para apoyarse. Después del primer grupo llegó la familia de la seño Súper-Bell. Pasó ella primero, con mucho cuidado, después medio en brazos el pequeño Sam, y al final su padre, Sanfrán, que quiso pasar sin ayuda y se pegó un culetazo, por si no le bastaba este finde con aguantar los alumnos de su pareja.
Así fueron pasando algunos más, ayudados por Verédix, sin ninguna incidencia. Pero tras un buen rato esperando, seguían faltando el grueso del pelotón, y el personal súper-activo se impacientaba, así es que se largaron los vanguardistas y los reyes por delante. Esperamos un poco más, hasta que desesperados todos, seguimos también el camino, que ya no tenía pérdida, encajonado entre las dos laderas rocosas y poco a poco inclinándose hacia abajo, hasta tomar una especie de rústicas escaleras de piedra que llegan hasta el mismo pueblo.
Por el último tramo, Ton, el primogénito de Súper-Ton y hermano de Súper-Gachet, por lo tanto, llegó a la cabeza de la columna, hasta juntarse con la vanguardia, para servir de apoyo a la misma a la hora de la verdad. Lo vimos adelantarse como una centella y tomar posiciones delante –luego supimos que portaba un mensaje muy importante.
Quedó rezagado Recaredo, para socorrer a su madre doña Sux, la muy noble condesa del Risco, que aquellos precipicios le producían vértigos malísimos. Por lo que al final decidió abdicar en su amigo Leovigildo la Corona y llevar desde entonces una vida más tranquila en familia –al fin y al cabo ellos no eran súper-activos- , junto a su hermano Dan y a su padre Barbaredo, que le agradecieron desprenderse de una etiqueta tan gorda, a pesar de las prebendas que perdían. De hecho, al pasar por unas grandes cuevas socavadas en la ladera de la montaña, pensaron en establecerse allí mismo en las afueras del pueblo, pues sólo de pensar en tener que bajar por aquellos terraplenes hasta el pueblo le estaba dando mal de altura. A Dan le pareció buena idea, podrían quedarse junto al pequeño Sam y al pequeño Yony, que estarían encantados también. Pero a doña Sux, acostumbrada a los lujos de la Corte, no le agradaba tanta austeridad pues parecería condenada al destierro.
De pronto, al bajar los primeros escalones, teníamos delante el hermoso pueblo de Zuheros, con su castillo en todo lo alto, esperando ser conquistado. Al llegar allí aminoramos el paso, tomando precauciones en la bajada, por si resbalábamos y por si el enemigo podía ya alcanzarnos con sus catapultas. Vimos sentados a un lado de la gigantesca escalera de roca a los tres guerrilleros de la avanzadilla. Al parecer Ton traía alguna consigna secreta para la pareja, concretamente para su hermano: Charly tenía la orden expresa de doña Jimena de parar, hasta que Súper-Ton y ella misma, los condes de Yuris llegaran con sus refuerzos hasta su posición.
Siguiendo la orden de los nobles condes, la vanguardia, antes de emprender el tramo final de escaleras, se echó a un lado prudentemente para no ser vistos por los defensores de Zuheros acuartelados. Cuando vi que se quedaban parados y pasábamos delante, casi a su lado, me acordé del dichoso cuento de la liebre y la tortuga. Iban a tener todos razón: esto no es como empieza. Parecían confiados, allí recostados como pasmarotes, y tan sólo quedaban unos pocos metros para llegar a la meta. Ni les saludé. Yo, callado, ni apreté el paso. Me hubiera gustado ser invisible. El castillo, al frente, parecía abandonado, no parecíamos correr peligro tan cerca del pueblo. Y seguí adelante como flotando.
Pero no soportaron ser rebasados, enseguida se levantaron y echaron a correr, desobedeciendo las órdenes de los nobles condes de Yuris, seguramente también al observar que no debían correr ningún peligro, pues la plaza permanecía desierta y el castillo, completamente abandonado. Pero doña Jimena iba a explotar.
Y es que va en su naturaleza. ¿Saben la fábula del escorpión y el elefante? El elefante le dice que tenga cuidado que como le pique lo aplasta. Pero, ya saben, el escorpión, pese a todo, le pica y el elefante lo aplasta. Porque está en su naturaleza picar, no lo puede evitar.
Pues igual. A mí me adelantaron, aunque después se las tuvieran que ver con doña Jimena, como así ocurrió, pero no pienso chivarme, si se enteran que no se enteren por mí, aunque me empapé de todo el sermón. Ni mi propia madre, Súper-Sol, lo hubiera hecho mejor. Sin meterme en donde no me llaman, la verdad es que Charly se lo tenía merecido, por abusón. De todas formas, yo creía que sólo le echaban broncas a los súper-activos. Pero no, qué le vamos a hacer:
- ¡NADIE ES PERFECTO!
Al final llegó primero Súper-Gachet –muy merecido porque arriesgó y se lo curró-, seguido de Ton, el mensajero. Y yo llegué el tercero, delante de Charly, junto a mi padre; medalla de pandehigo, como dice él, medalla de bronce. No está mal. Verédix me abrazó al llegar, me volvió a decir “Campeón” y se sintió por unos momentos muy orgulloso de mí, que al fin y al cabo es por lo que me gusta ser siempre de los mejores.
Mi madre, Súper-Sol, muy contenta, fue por un día la primera dama, y también por eso estaba orgulloso mi padre. Nosotros pasamos la carretera viendo que estábamos solos, y nos sentamos justo al pasar el puente, mientras ella se quedó a esperarlos a todos al bajar. Después fueron llegando los demás. Llegó Súper-Nereida con su madre y su tita a su lado, preparadas para descansar en palacio. Después los padres nórdicos, don Yordi y doña Hurraca, que se quedaron descansando cuando vieron al fondo a su joven vástago, vivito y coleando. Y el resto de la tropa, con Súper-Ton casi de farolillo rojo abriéndose paso para decir unas palabras a todos:
- Estoy muy satisfecho de veros a todos aquí. Ha sido un camino muy largo, pero ha merecido la pena. Sin duda los ciudadanos del pueblo de Zuheros no han querido enfrentarse con nosotros y lo ha abandonado.
- ¡Aburridos de esperarnos! –Se oyó una voz maliciosa decir.
- Puede ser. Pero ya estamos aquí, y ahora nos queda apoderarnos del terreno conquistado, ocupar sus calles y tomar el Palacio. Gracias a todos vosotros nuestros hijos tendrán un bonito lugar donde estar hoy y el día de mañana. –Y eso no era demagogia; eso era literalmente verdad.
- ¡Seguidme todos hasta el Palacio! –Concluyó.
Así que entramos por el pueblo y pronto lo rebasamos a él, y cada uno subía por donde quería, a su antojo, hasta que llegamos a una gran puerta abierta donde decía:
ALBER-PALACE ZUHERO´S. BIENVENIDOS.
Y tomamos posesión.
La conquista de Zuheros había terminado.
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POSTDATA: Esa noche cayeron destrozados de sus literas algunos colonos como higos maduros, sin duda porque los anteriores moradores de aquel emblemático baluarte debieron hechizarlo al salir, sólo por hacer daño. Disfrutamos mucho de sus lujosas instalaciones. No es broma, que pateamos de lo lindo todos sus salones y, sobre todo el campo de fútbol, que estuvo continuamente ocupado, porque a los súper-activos no nos gusta estar aburridos y nos viene bien un poquito de ejercicio.
Al día siguiente conquistamos La Cueva de los Murciélagos, igualmente sin oposición -ni paquitos ni juanitos-, porque hasta allí debió llegar nuestra fama. Aquellos bichos ciegos y repugnantes preferirían huir antes que convivir con nosotros –tampoco era para tanto-. Y desde aquel día le llamaron La Cueva de los Súper-activos.
Después nos marchamos con el bus a conquistar también la pequeña aldea de Almedinilla, otro precioso lugar para el caso de tenernos que escapar de la ciudad. Visitamos el museo arqueológico, para aprender de los primitivos íberos que vivieron hace más de dos mil años por allí, y que al parecer fueron conquistados por los romanos sin dejar huellas apenas de su presencia –como hicieron también con todos los galos, menos los de mi aldea-. La verdad es que no aprendimos precisamente una lección de convivencia de los lugareños, pero sí muchas cosas de estatuas de dioses y héroes de un profe muy rústico pero muy simpático y parlanchín.
Nos comimos después nuestro arroz rapidito en las bonitas afueras, a la vera del río, y tiramos con el autocar para hacer otra pequeña ruta de senderismo, básicamente para saber el sitio de otra preciosa cascada -digo yo, que si nos quedábamos en el gueto sin ducha ya teníamos varias opciones-. Y para terminar, nos llevaron a la Villa Romana, en la otra salida del pueblo; una lujosa mansión de algún ilustre romano, que vivía como un marqués, donde nos hubiéramos quedado todos encantados, para establecernos allí, aunque con unas pequeñas reformas.
Después, por fin, nos volvimos a nuestra casa en nuestro magnífico transporte cantando y contando chistes durante todo el viaje, esperando que nos recibieran en Córdoba con los brazos abiertos, y que nunca tuviéramos que recurrir a nuestros territorios conquistados.

Bueno, paro ya, que me duele la mano, y luego papá me gana al futbolín, que para ser el regalo del día del padre ya me lo he currado bastante.
Sólo decirles a todos los padres y madres, que gracias por llevarnos con vosotros y por aguantarnos, que os lo compensaremos todo multiplicado por diez, con mucho, mucho cariño.
Adiós, espero contaros más hiper-aventuras otro día.

Un beso y un abrazo para todos.

Víctorix, el niño escritor

19 de marzo de 2.014 (Día de los padres)
Documentos adjuntos a esta publicación
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