Panorámica en la cima de los Riscos con Sendérix y el viejo druida
 

Sendérix en Los Riscos (continuación)

Misión: destruir el cuartel romano en Los Riscos

Magístrix y Sendérix en la cima de los riscos
Pasaron nuestros héroes el río Guadanuño por el denominado Vado Negro, nombre que por extensión recibe también el camino que viene desde el puente de los Arenales. Después de subir la primera elevación, llegamos a un gran valle coronado al fondo por la cresta de una larga cordillera, cuyos picos más altos corresponden ya a Los Riscos, nuestro destino, donde tiene su cuartel general el Ejército Romano.
Recuerden que nuestra misión consistía en dilucidar el camino hasta el lejano e inexpugnable campamento imperial; y vivir para contarlo. Pero nuestro guía sólo parecía tener clara la primera parte de la misión. Por otro lado, el pendenciero Verédix, no procuraba guardar el debido silencio para no alertar a los romanos y su hiperactivo perrito Ideálix, corría y ladraba como loco arriba y abajo, detrás de las pobres lagartijas y de las pocas torcaces que quedaban por despertarse aquella hermosa mañana. Todo aquello comprometía seriamente el éxito de la misión y tenía en un sinvivir al viejo druida, que no sabía cómo poner orden en la expedición.
- ¡Maldito perro! O agarras con la correa a Ideálix o me doy la vuelta ahora mismo.
- Abuelo, no te enfades. Es que está muy contento de venir con nosotros al campo y de pelear con los romanos. Creo que los huele, como yo, y está deseando darles unos buenos mordiscos.
- Pues Verédix, tendrás que dar algunas lecciones a ese chucho –dijo socarronamente Sendérix-. Se cree que es un perrito de caza y ha dejado el camino lleno de rabos de lagartija moviéndose.
- Es verdad –reconoció el druida- sólo me faltaba que Mengíbrix se hubiera traído su lira y se pusiera a cantar por aquí.
- ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! – Rieron todos al unísono, mirando a su compañero, el artista aurgitano, mientras a este se le enrojecían las chapetas y trataba de esconder su voluminosa mochila.
Empezaban a ascender entre un espeso follaje. De pronto todos cesaron de reír. Escucharon claramente, muy cerca de ellos, el ruido inconfundible de una corneta:
- ¡¡¡Tururú, tururúúúú!!!
- ¡ROMANOOSS!
¡Ya estaban aquí! Una enorme cuesta entre los matorrales los anunciaba al frente. Aún no se los podía ver, pero se oía cercano el run-run de sus charlas. Sin duda las últimas risas los habían descubierto. Y no existía forma de retroceder. El último tramo lo habían subido a cuatro patas, gateando como alpinistas. Era imposible salir hacia atrás. No había escapatoria.
Pero, ¿quién quería escapar? Por fin llegaba el desayuno. Verédix alargaba su cuello, mirando a todos lados, para encontrarlos. Ideálix rugía furioso, como un león y se hizo pipí de los nervios. El viejo druida se echó mano al abultado bolsillo, sacó una bota de cuero con poción mágica y llamó a Sendérix y a Mengíbrix:
- ¡A pegarle un chupito! Ya lo habéis conseguido. Ya están aquí los dichosos romanos.
- ¡A beber! No pensaréis que va a ser tan fácil como cuando teníais veinte años, verdad. Espero que todos cumpláis con vuestro deber, como espera vuestro pueblo de sus más insignes guerreros.
- ¡Yo también quiero, Magístrix, sabio Magístrix! –Rogaba Verédix-. ¿Me das un poquito a mí también?
- No puede ser, Verédix. Tú no la necesitas. Ya sabes que de niño te caíste en la marmita y eres inmune a sus propiedades.
- ¡Es que está tan rica! Déjame que la pruebe un poquito.
- Verédix, déjalo ya. Te va a hacer daño al estómago. Lleva una mezcla de muérdago, bellotas negras e hígado de jabalí, que no es buena para tu colesterol. Agarra a Ideálix, que no se abalance y ve calentando, que están aquí ya.
Bebieron a chorro todos los expedicionarios cordubenses, incluido el viejo Druida, que bebió el último porque estaba dispuesto a batirse como el primero, escondiendo rápidamente el recipiente al goloso Veredix y a su perrito, que relamía unas gotas que se habían vertido en el suelo.
El murmullo de las voces latinas procedía de lo alto del acantilado, distinguiéndose incluso algunas de sus palabras: “Deus, Dei et Dominus meo, mea culpa; inter rosa, rosae; homo, hominis horribilis iam accipit…” (Que quiere decir más o menos: “Dios mío, perdónanos, que ya vienen por los matorrales los sanguinarios cordobeses”).
Aunque les quedaba un buen trecho para llegar hasta la cima de la montaña se percibía claramente la presencia del enemigo. Por el ruido que salía de lo alto debía ser al menos un escuadrón. De pronto rugió la voz del centurión y volvió a sonar la corneta:
- ¡Tararíííííi! Se oyó el retumbar de trescientas sandalias al chocar entre sí, tras lo cual todo quedó en silencio de golpe. Sólo se oían los carraspeos de los más nerviosos y acatarrados legionarios.
- Pocos segundos después, se escuchó muy cercano el sonido de un gran gong:
- - ¡¡¡GOOOONNNGGGG!!! Y a continuación la voz estentórea y autoritaria del viejo y malhumorado centurión, comandante en jefe de la insigne guardia pretoriana y de la punta de lanza del ejército romano en Hispania; el escuadrón de los Riscos –a pesar de haber perdido una pierna en combate-: el famoso Werther Phoncaraium, de ascendencia germánica, más conocido entre la soldadesca como “el cojo del caraium”. El disminuido veterano anunciaba la presencia de una gran personalidad imperial:
(Traducido al romance en “Do Mayor” y “Andante” -in crescendo- por Cochinii).
- ¡¡¡LEGIONARIIOOOSSS!!! ¡HOY ESTARÁ AL FRENTE DE NUESTRO INVICTO ESCUADRÓN, NOSTRUM MAGNUS PRINCEPS ROMANORUM! ¡EL MISMÍSIMO PRIMOGÉNITO DE NUESTRO DIVINO EMPERADOR OCTAVIO AUGUSTO! NADA MENOS QUE EL INSIGNE HEREDERO DEL MÁS GRANDE IMPERIO ROMANO DE TODOS LOS TIEMPOS:
¡¡¡“TIBEERIIOOOO CLAUDIOOO NEROÓÓÓNNN”!!!
Los Riscos tronaron con las voces de los soldados imperiales, al gritar todos juntos, como un solo hombre:
- ¡¡¡AVEEE, TIBERIUUSS!!! – Y hasta el suelo pareció removerse a sus voces.
Volvió a sonar la corneta a la enérgica orden del director de orquesta: - ¡Tararííí!
Seguida del gong: - ¡GOOOONNNGGG!!!!
Y a continuación lo que nos pareció la vocecilla de un joven romano que comenzó a decir en un perfecto latín clásico:
(Traducido también por el propio Cochinii en “si menor”, ma allora “adagio tutto pizzicato”).
- “Ca-carissimii comba-bati-ti-tientii roma-mani-ni-nii”. “Hoy es un dí-día de-de Glo-glo-glo ri-riaaa pa-pa pa-pa pa-PA-PA-PA para tu-tu-tuu-ttiii”.
- Algunas risas entre la chusma: - ¡Ja, ja, ja!
- ¡¡PSSSSSSTTT!! –varios sargentos al unísono.
- “Ho-ho yyy te-tenemos la-la-la opo-po-por-portuni-ni-nidad de-de servir a-a Ro-ro-ro-RO-RO-RROOOOO-RRRROOOO-RRROOO…”
- ¡A ver si te arranca chavaaal! –Se oyó decir al fondo, entre risas-.
- ¡Dínoslo cantandoo, Tiberioo! –Dijo otro.
- “…OO-MAA”. –Terminó de decir, como pudo, el joven heredero de los laureles del Imperio.
- ¡¡AVEEE CÉÉSAARR!! –Gritó el viejo centurión, poniendo punto y final al discurso del infante.

A la señal de su espada sonó de nuevo la corneta en son de guerra:
- ¡¡Taararíííí, tararííí, tararíííííí!!! Y todo el escuadrón volvió a juntar los talones con estruendo.
Entonces gritó a todos Phoncaraium, en medio del silencio:
- ¡POORRR ROMAAA! ¡A APLASTAAR A LOS CORDUBENSEEESSS! ¡PRIMEER PELOOTOOON! ¡PARA ABAAJOOO! ¡CON LAS LANZAS POR DELANTEEE! ¡MARCHANDOOO!

Y las dos primeras filas, formadas por los más jóvenes e inexpertos legionarios, avanzaron de frente con el pilum entre las manos, bajando por el enorme precipicio, mientras gritaban enardecidos por la arenga de sus jefes.
Por fin vieron nuestros entrañables amigos descender a los más jovencitos, que ocupaban la vanguardia romana, por los Riscos, tras dos horas casi de recorrido. A Sendérix y Mengíbrix le brillaban los ojos de alegría, Verédix terminó su calentamiento haciendo sonar los nudillos de sus dos manos, mientras Ideálix volvía a hacerse pipí de la emoción y hasta el viejo druida se arremangaba la túnica para que no le molestara correr para zurrarle al enemigo.
Los primeros romanos se habían despeñado al dar los primeros pasos por el terraplén, como era previsible, y yacían entre los matojos maltrechos y aturdidos por la empinada ladera de la montaña.
- Carne fresca desperdiciada.- Murmuraba Verédix apesadumbrado.
Pero algunos más listos y prudentes salieron indemnes y pudieron continuar su arriesgado descenso, cambiando el pilum por el gladium, y amenazando con llegar un puñado de ellos hasta nuestros héroes. Mínimum, el menudito primogénito de Don Giovanni, un viejo napolitano libertino, se deslizó entre los compañeros caídos, se puso el primero de la fila y corrió en solitario con la espada alzada y una sonrisa estúpida en la boca.
Sendérix recibió al más atolondrado y rápido de los legionarios con una torta en la cara, con toda la mano abierta y con todas sus fuerzas, ansioso como estaba por desplegar su furor.
- ¡PLAAASSHH! Menudo tortazo le arreó al muchacho. Ni su padre le pegó tan fuerte cuando lo sorprendió de más pequeño tocando la zambomba.
Persiguieron con su mirada los demás la trayectoria de subida y de bajada del pobre chaval, hasta perderse de su vista más allá de la cumbre de los Riscos.
Los compañeros del desgraciado legionario frenaron de pronto al contemplar semejante espectáculo a mitad de la bajada. Pero los que venían por detrás, que no pudieron contemplar la acción, pasaron delante y llegaron en poco tiempo hasta las inmediaciones de los bravos cordubenses, que gateaban resoplando a mitad de la ascensión.
Verédix por unos momentos adelantó a su amigo Sendérix y se puso de rodillas en medio del camino, para recibir “a porta gayola” a la fila de romanos que se le echaba encima, como se ponía “El Cordobés” frente a la puerta de toriles de los Califas para recibir al toro algunos siglos después. Pero en vez de recibirlos con “una larga cambiada” para esquivarlos, saltó de pronto hacia ellos y les propinó un enorme golpe con los dos puños -como un buen despeje de Miguel Reina, también por los mismos tiempos del Cordobés-. Tan grande que formó por un momento un larguísimo acordeón con ellos, como un trenecito descarriado, quedando todos finalmente amontonados al lado del sendero.
Pasaron de largo Mengíbrix y el viejo druida, que cerraba el séquito, dejando por los suelos las evidencias de la dureza del recorrido. Ahora se presentaba ante nuestros veteranos senderistas una pared de piedra por la que habría que ascender para alcanzar la primera o falsa cima de los Riscos. Magistrix gritaba a su aventajado alumno Sendérix para asegurarse de que iban por el buen camino:
- ¿Qué soomos exploradoorees o alpiniistaaas? ¿Estás seguro que es por aquí chiquillooo?
- Que sí abuelo. Que detrás de estas rocas está la cumbre. Vamos hasta lo más alto, no. Pues es por aquí…También.
- Por aquí también. ¿Cómo que también? Que no tienes ni idea, no. Estás buscando el sitio donde haya más romanos, verdad. Para que luego os los repartáis tú y tu amiguito. Es eso, eh.
Mengíbrix se hizo el loco y comenzó a silbar la tonadilla que solía salirle cuando estaba nervioso, y que después de media hora escuchándola se convirtió en una insufrible monserga. Hasta el punto que después de rogarle varias veces todos que se callara, primero educadamente en latín (¡Silentium musicum pacotillae!), después en hispano (¡psssss!) y hasta en la lengua autóctona bética (¡te quiés callar, ya, joer!), decidieron pasar a la acción en vista de que no se callaba y apedrearlo directamente, amenazándolo con amordazarlo y atarlo a un árbol, como cuando se ponía pesado en la aldea, con el jabalí y el vinillo, en esas noches de fiesta.
Así de entretenidos subieron y subieron nuestros viejos amigos, teniendo muchas veces que reptar por la dura pendiente y agarrarse a los matorrales y a las raíces del suelo para escalar. Hasta que por fin llegaron a una mesetilla coronada por dos enormes rocas que parecían decorarla. Eran las diez de la mañana, habían recorrido unas dos leguas -10 Km exactos- y ya estaban en la cumbre de la montaña. La explanada se extendía hacia la izquierda, detrás de las dos grandes piedras, hasta que de pronto se acababa la montaña y se extendía un inmenso precipicio, desde el que podía apreciarse, entre las nubes, una gigantesca y preciosa panorámica de 360 grados, con el curso del Guadanuño hacia el este, las Jaras al frente, el pico solitario del cerro Pedro López al oeste y el resto de la cordillera de los Riscos por detrás.
Pero allí no había ningún campamento romano. Aquello era una hermosísima cumbre, pero no era la auténtica cumbre de los Riscos. La verdadera cima se podía ver desde allí a sus espaldas. Era la montaña de al lado, aún más alta que esta, como podían claramente apreciar. Así es que, después de solazarse con las vistas y reposar unos minutos, emprendieron de nuevo el camino hacia abajo para volver a subir siguiendo la misma dirección que llevaban antes de llegar a este espléndido altozano.
Contrariamente a lo que cabría esperar de un lugar tan apropiado para una fortificación, en aquella planicie no había ni rastro del ejército romano. Si había estado algún día ya no lo estaba, aunque aquellas elevaciones megalíticas colocadas en medio diríanse más propias de la mano del hombre que de la propia naturaleza.
El pequeño grupo de exploradores retomó la última subida a los Riscos con manifiestas muestras de alegría. Sendérix trataba de alentar con sus palabras a sus compañeros:
- El último esfuerzo, muchachos. ¿No oléis ya a carne de romano? El cuartel general debe de estar aquí mismo. ¿Cuáles son las órdenes, viejo?
- Llegar sanos y salvos, maldita sea. Saber si tienen aquí el dichoso campamento. Y si es posible, aprovechar para zurrarles de lo lindo, para que se sigan acordando de nosotros.

Al empezar la dura ascensión Mengíbrix amagó con seguir silbando su canción preferida, pero esta vez sus compañeros se le opusieron directamente de manera más contundente, pues le llegaron rápidamente dos pedradas en la espalda y una en el pecho del guía que iba delante, con lo que dejó la música para mejor ocasión.
Pero no pudieron evitar nuestros amigos volver a escuchar el inequívoco sonido de una corneta romana y el creciente murmullo de los legionarios que poblaban la cumbre de aquellas lejanas montañas. Mengíbrix tomó nota por última vez del peligroso sendero a la cima y comenzó a subir tras su amigo Sendérix. Magístrix tampoco quiso quedarse atrás y le pidió a Verédix ir delante, que él ya había disfrutado lo suyo. Tomó este a su perrito en las manos y tiró también para arriba, lamentándose ante su pequeña mascota de las escasas oportunidades de disfrutar de la vida.
Ahora sonaba el gong como si lo tuvieran encima: - ¡GOONNNNNNGGG!
Cuando el terreno les permitió levantar la cabeza se llevaron un buen susto, pues no se esperaban de pronto contemplar aquel espectáculo impresionante, una visión que a cualquiera le hubiera parecido aterradora, y que a ellos les pareció maravillosamente hermosa y decorativa. Los soldados romanos habían formado una línea sobre el mismo borde de la cumbre y se extendían a lo largo de toda la plataforma de la cima, como indios esperando a la caballería en un western crepuscular. Los legionarios formaban muy juntos completamente uniformados. Pero no estaban allí ninguno de los jóvenes de la vanguardia romana, sino exclusivamente los mejores soldados de la guardia pretoriana, que habían acompañado al joven Tiberio; con sus capas púrpura, sus enormes cascos de bronce coronados por el ridículo cepillo rojizo, las negras corazas metálicas con sus fuertes correajes y sus gruesas botas hasta la rodilla –que complicaban bastante a las hormigas la tarea de trepar hasta allí-. Todos con su escudo en un brazo y el gladium en el otro, mirando hacia abajo con aires de superioridad.
Sendérix se relamía en silencio como ante un asado de jabalí. Pensó cuál sería la forma mejor de subir para que no se espantaran como una bandada de palomas al paso de un chiquillo corriendo. El corazón maltrecho le latía tan fuerte que temió asustarlos, y decidió no levantar la cabeza para no llamar la atención.
Entonces un pelotón de los más aguerridos y expertos legionarios –seleccionados directamente por su centurión- se descolgaron de la altiplanicie y fueron bajando en fila india hacia ellos con cara de pocos amigos.
Al ver esto Magístrix bebió un chupito de poción mágica y les tiro la bota a los dos primeros escaladores, Sendérix y Mengíbrix, que se juntaron para beber del mismo chorro, estallándoles la musculatura ipso facto, como a Popeye con las espinacas, ante la mirada envidiosa de Verédix y de su goloso perrito, que no cesaba de ladrar.
Aunque también cayeron al suelo los primeros romanos que descendieron de lo más alto del monte, los disciplinados legionarios no se descompusieron y empezaron a bajar por otros senderos laterales y por encima de los caídos, hasta tocar tierra firme y enfilar al enemigo por todos lados, blandiendo sus espadas cortas pero tremendamente afiladas.
Ocurrió entonces algo insólito: los romanos empezaron a sudar de manera abundante, debido a la inadecuada indumentaria que llevaban, al calor del mediodía ya cercano de un octubre veraniego y al esfuerzo que suponía el abrupto descenso de esa guisa. Las gotas de sudor de los romanos se iban convirtiendo en verdaderos regueros bajo sus pies, de tal forma que dificultaban aún más el camino, pues se iban escurriendo cada vez más. Llegó un momento en que las pequeñas sendas se convirtieron en auténticos toboganes resbaladizos. Los Riscos parecían un circuito de pistas blandas, un peligroso parque acuático, con los romanos disparándose hacia abajo como proyectiles. Apostados en los márgenes de la vereda vieron pasar a su lado una retahíla de legionarios con cara de velocidad, al tiempo que les iban endiñando collejas y bastonazos a diestro y siniestro, como en el tren de la bruja. Mientras tanto seguían ascendiendo ellos con gran dificultad al tener que abandonar los senderos para subir, agarrándose a los matorrales como podían.
Se oyó la corneta romana tocando a retirada, dándose la vuelta los pocos soldados que habían quedado a salvo del terreno y de las iras de los cordubenses.
Cuando llegaron nuestros amigos al filo de la cumbre, los últimos romanos aún corrían hacia las puertas del campamento, que estaba en la otra orilla de la cima, a poco más de treinta pies de allí, ocupando buena parte del pináculo de la montaña. Cuando llegó arriba Verédix la puerta de enormes troncos se cerró pegando un portazo colosal que retumbó como un trueno, y a punto estuvo de estrellarse en el morro de Ideálix, que había salido disparado detrás de ellos gruñendo furioso. La construcción era de madera, pero muy robusta, más que para resistir al enemigo, para resguardarse del viento de aquellas alturas. Pero no era demasiado grande, porque aquella cima no tenía la gran extensión de la otra y no parecía tan apropiada para una fortaleza, aunque debieron preferirla porque resultaba aún más difícil de conquistar.
Ya estaban en el último montículo todos mirando la inmensa panorámica, cuando llegaba Verédix arrastrando los pies extenuado con la cabeza baja y resoplando como un búfalo. El druida se acercaba a felicitarlo por su ascenso cuando se agachó este a recoger algo brillante del suelo.
- ¡Uf! ¡Uf! ¡Caramba, una moneda! –Resopló el gordito.
- ¿Estás seguro, hijo? ¡Menuda suerte chaval!
- Claro, maestro, mira, parece romana por lo que brilla. Se le ha debido caer a uno de estos legionarios de los bolsillos.
- Trae aquí. Es una moneda de plata romana con la cara de César Augusto.
Se acercaron Mengíbrix y Sendérix para verla, y los dos coincidieron en que era un “quinario”, una moneda romana de plata que equivalía a 5 ases, el doble de un sestercio o la mitad de un denario. Una moneda muy valiosa por la que él daría 3 menhires o con la que podría comprar diez jabalís, si estuviera permitido el cambio a “duros” cordubenses.
Tras dejar el quinario a buen recaudo en la mochila, descansó unos momentos tumbado tan largo y gordo era al lado de todos, sobre una gran roca aplastada en el suelo, mientras los demás comentaban los puntos geográficos que divisaban desde allí, desde donde la cima anterior ocultaba parte del panorama tremendo que existía desde la otra cumbre.
Aún no se habían repuesto completamente del esfuerzo de la ascensión cuando oyeron la dichosa voz del “cojo del caraium” e inmediatamente a la trompeta romana tocar a formación: - ¡Tararííí! Al tiempo que se abría el portón y aparecían las puntas de un puñado de lanzas por el pequeño hueco.
Magístrix se había ido a la otra esquina para tomar nota de los principales enclaves que se divisaban desde allí, debiendo consultar de cuando en cuando con el experto guía la verosimilitud de algunos de ellos, al tiempo que iba silbando una repetitiva tonadilla que estaba alterando los nervios al grupo.
Ideálix tuvo que ser sujetado por su dueño, porque se abalanzó contra la fortaleza y hubiera podido pincharse con las enormes picas que sobresalían tres metros de la puerta, junto con las primeras manos romanas. Sólo el perrito y el druida parecían prestarles atención. Sendérix aconsejó a todos no mirar a la puerta para que no se asustasen y saliesen la mayor cantidad de ellos posible. Así pasaron quince largos minutos, saliendo poquito a poco, a cámara lenta, el resto del escuadrón de arriesgados y temibles legionarios que se suponía eran el terror de medio mundo.
Magístrix, el druida, se desgañitaba llamándolos a todos para que se unieran en el punto más adecuado para repeler al ordenado escuadrón imperial, en formación cerrada de erizo, que avanzaba lentamente hacia ellos, con las amenazantes lanzas extendidas.
El joven Tiberio asomó al final su cabeza por el portón y se volvió a meter para dentro.
Cuando salió el último romano de la fortaleza sonó la corneta en son de guerra, con poca convicción: - ¡Tari-tari-tarararíí! –Y se oyeron algunas risitas: -¡Ji, ji, ji!
- ¡Stupidum! Paulum auditur buccinae ¡Clama fortium! ¡Cornutum! – Tronó Phoncaraium cabreado en la misma faz del timorato corneta.
- ¡TARARÍÍÍ! ¡TARARARÍÍÍÍÍÍ! –Sonó esta vez contundente. Y el grito de todo el escuadrón que le siguió podía poner los pelos como escarpias a cualquiera que no fuese cordubense.
- ¡ROMAA VINCIIIT! –Gritaron todos juntos, y los Riscos temblaron de nuevo.
Nuestros héroes se pusieron de pie para recibirlos con cortesía, alineados como para una foto, con la sonrisa en los labios –pero sin decir “patata”, pues el apetitoso tubérculo aún estaba por descubrir en aquellos pagos-; de izquierda a derecha: Sendérix, Mengíbrix, Magístrix el druida y Verédix con Ideálix en su mano diestra.
El viejo druida volvió a beber el primero de su mágico brebaje y lo compartió con el lado izquierdo, quedando todos exultantes de energía para recibir el inminente ataque romano.
Dicen que la falange romana o formación en erizo, con los escudos rodeando el perímetro del escuadrón y las lanzas desplegadas por fuera de estos, fue una de las más exitosas de todos los ejércitos de la historia, pues combinaba a la perfección defensa, ataque y movilidad. El escuadrón romano que tenían en frente, aunque ya mermado sin la presencia de la joven y enérgica vanguardia y sin las unidades de élite de la guardia pretoriana, aún podía formar con un frente de diez fornidos legionarios bien pertrechados y veinte de fondo, lo que significaba una fuerza tremenda. Por eso preocupaba tanto a Magístrix, responsable al fin y al cabo de aquella misión, y el único cordobés con la mente fría en aquellas circunstancias. Pero no conseguía encontrar un buen método para desmontar aquella infranqueable formación.
De pronto Sendérix tuvo una idea y llamó a su amigo Verédix para decírsela.
- ¿Qué tramáis ahora? –Preguntó el druida. – No es momento de tonterías. Estamos en serio peligro.
- Vamos un poco para atrás, viejo. Coge a Ideálix y déjale sitio a Verédix. –Ordenó Sendérix, decidido.
Entonces el grueso guerrero cordobés llevó a cabo una hercúlea exhibición de fuerza bruta; levantó la colosal roca que se extendía al menos seis metros clavada en el suelo, sobre la que había estado acostado minutos antes y la colocó de parapeto en el suelo delante de sus amigos. Se oyeron voces de asombro entre el escuadrón:
- ¡OOOHHH! –Deteniéndose y reculando todos unos pasos hacia atrás.
La piedra protegía como una barrera en una plaza de toros a nuestros guerreros, pero amenazaba con derrumbarse hacia adelante y quedar desguarnecidos, o, lo que era peor, ceder hacia atrás empujada por los romanos y aplastar a nuestros toreros debajo. De eso se percató el centurión y alentó a sus hombres a que continuaran avanzando hasta empujar la roca con los escudos.
- ¡AAVAANTIII, TUUTIII! ¡CABRONIII! –Y el ejército romano volvió a ponerse en marcha hacia la gran roca con la intención de aplastar a los cordubenses.
Cuando apenas restaban treinta pies para ser arrasados por el escuadrón romano nuestros bravos guerreros levantaron la enorme roca entre todos y corrieron con ella hacia el ejército enemigo, produciéndose un tremendo impacto al chocar los dos bandos:
¡PLASHSHSH, CATACROOOFFF, CHIIIMMPÚÚÚMMMMM!
Salieron chispas del enorme encontronazo entre la roca y los escudos y lanzas metálicos, desmochando las puntas y doblándolas como alfileres, aplastando a las cinco primeras hileras de soldados y derribando de un solo golpe por el efecto dominó al escuadrón completo.
Dejaron la roca sobre las primeras filas y saltaron por encima para golpear a los que habían quedado sanos, aunque aturdidos por el terrible encontronazo.
Pero los de atrás tenían muy cerca el portón de la fortaleza y se escabulleron corriendo por allí, abandonando de cualquier manera sus armas.
No quisieron nuestros héroes hacer más sangre en el enemigo y no los persiguieron con saña, como habría sido conveniente para sellar la contundente victoria. Al contrario, se dieron la vuelta y levantaron entre todos la gran piedra para socorrer a los pobres legionarios que yacían boca arriba aplastados como pegatinas.
Fueron despegando las pegatinas del suelo y propinándoles a todas una buena patada en el trasero que, gracias a su nueva condición aerodinámica, fueron saliendo volando por encima de la empalizada del campamento hasta aterrizar en la ladera posterior, para unirse así al resto del escuadrón que huía en desbandada general por ese lado.
Finalmente, como buenos senderistas ecológicos, limpiaron toda la superficie de carroña latina y tomaron del suelo en volandas el enorme proyectil salvador y lo estamparon contra la fachada del edificio imperial, arrastrando tras él a todo el campamento y quedando completamente destruido y esparcido por la montaña. Tras lo cual decidieron marchar alegres y victoriosos emprendiendo el camino de vuelta; había terminado la batalla de los Riscos.

Nuestros héroes volvieron por detrás, por donde habían escapado los romanos. El descenso entrañaba también gran dificultad, teniendo incluso a veces que arrastrar por el suelo la parte menos noble de la anatomía del senderista, si no querían darse de bruces, pero nada en comparación al esfuerzo de la terrible ascensión.
Mengíbrix no quería despegarse de su líder, pues por una vez se sentía satisfecho de que hubieran confiado en él para aquella importante misión y ya estaba dándole vueltas a la cabeza para encontrar la melodía más adecuada para celebrar aquella conquista.
Al llegar a la base de la cordillera hallaron una encrucijada de caminos con unas piedras en medio, que les pareció el lugar ideal para hacer una pequeña parada y recuperar energías.
Mientras todos descansaban tomando una piececita de fruta y alguno se cambiaba la camiseta empapada del sudor propio y de la sangre enemiga, el artista aurgitano sacó de la mochila su lira y empezó a tocar los compases de aquella musiquilla con la que tanto dio la lata cuando ascendían.
- Triliiinnn, tilíírinlirínli, trilinnn, triliritriliin. Triliritrilin, trilirin, trilínnn…Y otra vez igual.
- Con que al final resulta que se ha traído su guitarrita, no. – Comentó Verédix masticando.
Mientras sonaba el afeminado instrumento musical y mantenían la fruta en la boca sus compañeros, se siguió oyendo aquella ridícula marcha marcial con aquel sonido tan agudo que se había convertido en la banda sonora de la ruta de Los Riscos. Hasta que Magístrix se animó más de la cuenta y empezó a tararear y a silbar la melodía, que aunque lo hizo a una prudente distancia de los demás, no le sirvió para esquivar el peñascazo que le metió su amigo Verédix con el beneplácito de todos. Pasaría un buen rato hasta que se le olvidara a este el asunto.

Destacar sólo un par de cosas del camino de vuelta:
Decir que aún se tropezaron nuestros héroes con algún romano más intentando escabullirse por la sierra cordobesa. Casi de inmediato se fueron encontrando con los más rezagados que habían quedado muy perjudicados en la última batalla. Por las duras rampas de un cortafuegos fueron dejando atrás numerosos restos romanos; una coraza, unas sandalias vacías, un casco, unas sandalias con un pie mutilado dentro, una pantorrilla hasta la rodilla…Hasta que fueron apareciendo los legionarios menos enteros, a los que apenas despidieron con una amistosa colleja: el pobre Minimum, que había perdido una pierna por la cadera y llevaba la cabeza dislocada en el brazo derecho, el viejo Werther Phoncaraium, el cojo, que ya minusválido de tiempo atrás lucía varias luxaciones en la pierna buena, que le hacían dudar a los demás de cuál sería ahora la peor; el famoso trompetista, que apenas podía respirar por aquella cuesta con la corneta incrustada hasta el esófago…Etcétera.
Terminado el ascenso descendieron todos hasta topar con el río Guadanuño, donde se separaron definitivamente romanos de cordubenses, al menos durante esta ruta, pues los legionarios tomaron el curso del río al contrario, como hacia los Arenales, donde supimos más tarde que construirían un gran puente para poder trasponer hasta el otro lado, alejándose considerablemente de la frontera actual hasta las proximidades del río Guadiatillo, muy lejos ya del último reducto cordobés en Santa María de Trassierra. Mientras, nuestros expedicionarios volvían a Las Jaras por una vereda ancha que se aproxima por el este, hasta llegar al camino que les condujo a los Riscos en las inmediaciones del campamento que atravesaron de madrugada.
Sendérix se empeñó en dilatar la misión, atravesando tangencialmente lo que les pareció ahora sin lugar a dudas la residencia de verano de la “jet-set” latina, hasta salir por un pantano que cerraba el paso al gran lago, y que corroboraba las magnificas cualidades arquitectónicas de nuestros sabios y eficaces invasores.
Por el camino apenas disfrutaron descalabrando a un par de despistados veraneantes romanos, pues la mayoría disfrutaba de su merecido retiro entre sus cuatro paredes o en sus refrescantes piletas.
Sendérix escapó con Mengíbrix por las montañas de arenisca a un ritmo endiablado hasta llegar por delante al Lagar de la Cruz, donde tenían aparcado su rústico carromato. Al llegar Magístrix les ofreció a todos un chupito de su mágico brebaje, brindando por el éxito de la misión.
De camino hacia la aldea cordubense el viejo druida se quejó de la decisión del belicoso guía de haber alargado la jornada con aquella gran vuelta por el campamento de las Jaras; como si no hubieran tenido bastante aquel día.
Verédix, extenuado, se quedó dormido con el traqueteo del carruaje a los cinco minutos, con Ideálix en los brazos.
Soñó que vivían asediados en tiempos de los romanos y que les fue asignada una arriesgada misión en Los Riscos, que habían cumplido a la perfección.
Despertó en el coche de unos amigos, se despidió de ellos dos y del gran maestro. Romerillo no estaba, ahora recordó que no había podido venir por cuestiones familiares. Se metió en su magnífico bólido para volver a su casa, escuchando un CD con la banda sonora del Puente sobre el Río Kwai, que le recordó a la canción que silbaba todo el rato el amigo del nuevo guía. Estaba muy cansado, un poco despistado con el marasmo de la ciudad y soñoliento.
Llegó a casa y dejó el coche en la cochera. Se levantó con unos dolores de piernas terribles y se puso a vaciar las cosas de su mochila.
De pronto cayó de esta al suelo algo que hizo un ruido metálico. Rodó hasta topar con el palo de senderismo que había dejado apoyado en la pared.

Era una pesada y tosca moneda. La recogió y la miró confundido.
Era una moneda antigua plateada con la efigie de César Augusto.
Era ¿Podréis creerlo?: Un quinario.
¡UNA MONEDA ROMANA!


FIN
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Verédix posando junto a una de las grandes rocas de la falsa cumbre de los RiscosMagístrix con Sendérix y el artista aurgitano al fondo en la primera planicie de los RiscosEl gran druida Magístrix llegando a la primera cima de los RiscosMengíbrix tomando nota de los lugares estratégicos desde la cima de los RiscosSendérix con el viejo druida en la falsa cumbre de los RiscosMengíbrix, el druida y Verédix en la cima de los RiscosVerédix descansando echado en una roca de la cumbreEl viejo druida, el experto guía Sendérix y Magístrix comiendo en la paradaPosando con los Riscos al fondoAndando todos por detrás en el camino de vuelta LOS RISCOSMengíbrix tomando nota en el paso del GuadanuñoCruzando todos el río Guadanuño de vueltaLos tres guerreros cordubenses marchando camino de las JarasLos dos amigos, Mengíbrix y Sendérix en el pantano de las JarasVerédix posando en la presa de las JarasMagístrix posando con Sebdérix en la presa de las JarasTodos al final brindando con poción mágica por el éxito de la misiónLa aldea de Corduba en el mapa romano de HispaniaSendérix, el protagonista de este comicVerédix, el orondo guerrero indomableMengíbrix es Asurancetúrix el bardoMagístrix andando con la olla de la poción mágica y todoIdeálix, que no se quiso perder la ruta de Los RiscosSendérix y Verédix alegres camino de los RiscosLos romanos en formación junto al cuartel de los RiscosEl centurión Werther Phoncaraium dirigiendo la orquestaLos deseos de Verédix Astérix vapuleando a dos romanosLa batalla de los RiscosVerédix apaleando romanos en el cuartel de los RiscosUN MONTÓN DE ROMANOS VAPULEADOS EN LOS RISCOSCarro de bueyes de los guerreros cordubensesAldea de CordubaCelebrando el éxito de la misión en la aldea de CordubaMoneda romana de plata de un quinarioEl último comic de Astérix en los Riscos
 
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